O eso podríamos pensar al ver la chorrada que han lanzado los de Cuatro: Otto, el guardián de la selección. Nada más y nada menos que un muñeco vudú con el que maldecir a los equipos rivales. La primera vez pensé que sería un falso anuncio de cachondeo siguiendo la campaña publicitaria de Innsbruck, pero no, realmente está a la venta y hasta hay juegos para móviles. Naturalmente, no podía dejar escapar la oportunidad de hacerme con uno (aunque me importe un pijo la Eurocopa).

Otto, el guardián de la selección

No hace mucho, un producto como este sería impensable, y mucho menos anunciado en televisión. Esto puede llevarnos a pensar tres cosas:

1) Lo dicho, que lo friki está de moda y las empresas van a empezar a aprovecharla fuera de las tiendas especializadas. En el quiosco donde compré el mío me comentaron que bastante gente había preguntado por él. Eso sí, esto contrasta con el hecho de que solo le enviasen un ejemplar; el que me llevé yo. Lo siento por los verdaderos aficionados al fútbol pero tendrán que buscar el suyo en otra parte.

2) Que el mercado generalista empieza a ver negocio en el mundo friki. Sea porque su número ha aumentado o porque consumen más.

3) Que en las empresas más tradicionales ya se da un relevo generacional. Antes estos productos se miraban con una cierta displicencia, como cosas para niños impropias del ambiente adulto. Los adultos de ahora, salidos de una época bastante más liberal, sin llegar a ser frikis, no temen reírse y exhibir cosas como esta.

No sé cual de ellas es cierta. Ni siquiera si lo es alguna (para eso habría que hacer un estudio serio y lo mío, que no son más que elucubraciones, divagaciones de momentos de ocio) pero me gusta la tercera de las ideas. Quizás sea por mi caso particular, que es al que más me ajusto. Sé que tengo unos gustos poco convencionales, no temo exhibirlos, me río de ellos y con ellos, y en no pocas ocasiones sigo el juego. Pero lo cierto es que cuando veo un friki de los de verdad, en la tele o en salones de comic, me doy cuenta de que soy lo más convencional del mundo.